18 julio 2012
T.V. Efecto
La mujer dió un paso decidido hacia el vacío.
Durante unos minutos se quedó inmóvil, piernas un poco abiertas, los brazos en jarras, como soportando su peso en una ondulante embarcación.
Quieta, observando el paisaje que se extendía en todas las direcciones, incluso a sus pies.
Iba vestida con unos sencillos vaqueros; sin calzado visible; un jersey ceñido al cuerpo, de color rojo apagado; y una boina roja le cubría los cortos y grises cabellos, contrarrestando la madurez de sus rasgos. Por un momento, el espectador había pensado que su edad rondaba los treinta pero al girar la cámara para encarar a la mujer, se dio cuenta de que estaba más próxima a la cincuentena.
La cámara enfocó más de cerca a su objetivo y se empezó a advertir el efecto del viento en ligeros temblores arrítmicos en las zonas más holgadas de su vestimenta. Sorprendía comprobar la resistencia de la ropa a sus tirones, su fuerza, evidente, un misterio como la gorra aguantaba en su sitio, pues la mujer, aunque no cambiaba su postura, estaba cayendo hacia la tierra, a gran velocidad.
De pronto, decidió que ya había visto bastante del paisaje y empezó a hacer gestos con los brazos, señales de saludo, que podrían haberla puesto en barrena fácilmente de encontrarse con una mala corriente de aire.
Durante unos momentos se tumbó, en la típica posición de los paracaidistas, con las piernas ligeramente flexionadas y usando los brazos para girar, y darse la vuelta. Se volvió a poner en la pose de marinero experto. Y otra vez estaba de espaldas a la cámara, su cara siempre sin expresión, ahora fuera del alcance del espectador.
El suelo estaba ya cerca.
Un lago se fué haciendo más y más grande y, por un momento, parecía que la mujer lo elegiría para aterrizar.
La velocidad de su descenso se había estabilizado pero las fuertes corrientes de aire provenientes de la superficie, aire seco mezclado con el aire húmedo del lago empezaban a hacerse notar en su vestimenta, o tal vez, el milagroso enganche que las había mantenido en su sitio empezaba a ceder por el esfuerzo.
El espectador nunca lo sabría.
Por fin, la mujer abrió el invisible paracaídas que había sido perfectamente camuflado por la ropa, sin efecto aparente dada la sincronización de la cámara con la posición de la mujer.
Otra cámara situada en tierra captó su descenso.
Se dejó llevar suavemente, apenas dando un saltito al tocar tierra. Manteniendo su postura erguida y haciendo pensar a cualquiera que observase su llegada, que de verdad volaba.
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