Sueños de Paz
El hombre era joven, no tendría más de 25 años, el pelo negro, rizado y suelto le llegaba hasta los hombros. Acorde con el resto de su cuerpo, delgado y alto, su rostro poseía rasgos un poco afilados, aguileños, facciones hermosas y amables. Sus ojos no pudieron ocultar su tristeza cuando su mujer se acercó a él con su hija en brazos. Ellas eran todo lo que tenía, todo lo que deseaba, o casi todo...
- Papi, papi, papi - balbució la pequeña, era una de sus primeras palabras y la pronunció una y otra vez mientras se tambaleaba hacia su padre. Su camiseta y sus pantalones, demasiado grandes para su edad, interponiéndose entre sus pasos, pero la determinación brillaba con fuerza en cada gesto.
Su padre la tomó entre sus brazos, lleno de orgullo, y de tristeza, luego volvió la mirada hacia su mujer.
Ella también era joven y hermosa, aunque la belleza había ido disminuyendo con la, cada vez más permanente, expresión de dolor y preocupación por su marido. Su pelo también suelto, de un castaño más claro, sujeto con horquillas de colores y su cara oscurecida por lo que ambos sabían que venía a continuación.
No dijeron ni una palabra, los dos sabían bien que hacer, como tantas otras veces, como cada día hasta el resto de su vida.
Él apartó un poco a su hija, cargó todo su peso en un sólo lado y despacio se sentó. Con la camisa arremangada hasta los hombros, cuidadosamente extendió el brazo pálido y lleno de marcas, en los ojos resignación e infinita tristeza, diciendo ¨no sabes cuanto lo siento¨con cada pestañeo.
La mujer se acercó, jeringa en mano, ya la mezcla preparada, y con la delicadeza y la precisión de quien lo ha hecho miles de veces, le inyectó el compuesto. Él empezó a encontrarse mejor, lentamente la palidez abandonándole, un poco más de serenidad mostrándose en su mirada. Ambos suspiraron con alivio, esperando la visión que se les iba a mostrar.
No hay comentarios:
Publicar un comentario